Temperley 2 – Atlanta 1
Luego de un día de lluvia, salió el sol con un viento suave que traía el sonido del mar. En la mañana, tras un largo coqueteo en el que dejé que el agua juegue con mis piernas sin superar las rodillas, tratando de aclimatarme, y me dé una pequeña muestra de su fuerza hundiendo mis pies en cada retirada, finalmente decidimos, con una intempestiva carrera para que no haya dudas ni desertores, meternos al agua fría de Mar de las Pampas, que al rato ya dejé de sentir tan hostil y comencé a disfrutar. Luego de la zambullida, me ubiqué en la zona en que la rompiente de las olas (“Estaré donde rompen las olas, una y otra vez”. ¡Te extraño, Robe!) no me afectara tanto y pudiera quedarme tranquilo observando al horizonte, la inmensidad.
En esos días de playa, justo estuve leyendo “Morir en la arena”, de Padura que dice: “Pero apenas se sumergió en el mar, agradablemente templado, lo arropó una potente sensación de libertad. ¿O de liberación? El mar siempre le regalaba aquel beneficio. Habían perdido tantas, tantas cosas, habían desaparecido demasiadas satisfacciones y habían tenido que renunciar a muchas posibilidades, pero les quedaba el mar”. No hay nada que hacerle. Una vez al año, al menos, hay que tratar de hacer una pasada por el mar. Y hay que leer a Padura.
Sin embargo, luego del almuerzo, cuando todos se preparaban para una tarde de playa, con un ventanal al costado que mostraba un día espectacular y me tentaba como canto de sirena, resistí con toda mi entereza de hincha, de periodista, me serví una birra fría y me dispuse a ver Temperley vs Atlanta (los gustos en vida). Para la tarea, me salvó la computadora de mi concuñado porque la opción de transmitir a la televisión de la nueva aplicación de AFA no funciona (lo tengo que informar. Esto es servicio también).
Hay una frase de un tema de Babasonicos que me gusta incompleta. «Y si acaso podría creer en algo, me gustaría creer…» (“El Maestro”). Después sigue pero para mi pierde la magia, la intensidad.
Estuve buscando una palabra que resumiera ese sentimiento del hincha de fútbol que condensa la necesidad de creer a pesar de que el equipo no demuestre un juego acorde. O que no puede sostenerlo durante más de un partido o, para ser más realistas, un par de destellos en cada cotejo, así la ilusión es breve. Creo que la que más se acerca es iluso pero no es del todo certera.
Pero el hincha no entiende de lógica, no le importa. Porque lo único en lo que cree es en creer. Y creer no es crear, aunque los nuevos hippies pop nos quieran convencer de eso. Si no, habría tantos campeones como equipos, algo a lo que parece apuntar el Chiqui.
Lo cierto es que caímos con un mezquino Temperley que había arrancado mejor pero que después de los primeros embates a los que lo obligaba el ser local (cabe aclarar que es un equipo que tenemos de hijo y que desde 2010 no nos ganaba en su cancha), equilibramos el juego y nos pusimos en ventaja con gol de Quintana, el nueve que trajimos para eso (y que viene alternando buenas y malas). Claro que no contentos con ponernos arriba cuando, quizás, no lo merecíamos —pero desde acá no apoyamos esa pavada que quieren instalar de la meritocracia—, a Rojas, uno de nuestros centrales, le pareció necesario igualar las cosas y metió un cabezazo de nueve en el área propia. 1-1 y a empezar de nuevo.
En el segundo tiempo, Atlanta tuvo un par para volver a ponerse arriba. Quintana se comió un mano a mano increíble. Pero cuando todo parecía decantar en un misero empate (con el diario del lunes, no tan mísero), tras una salida fallida de Rago que dejó mal parada a la defensa, Hauche (sí, sigue jugando) metió un golazo (creo que rebota en uno de los nuestros pero no voy a verlo de nuevo para no amargarme cuatro días después) y puso el resultado final. En esta empresa que llevamos adelante de tratar de meternos en todas las efemérides posibles, es menester mencionar que Hauche hacía más de un año que no convertía un gol.
En nivel de odio al rival, como ya anticipé en el texto pasado, es alta. Diría un 9/10, quizás un 8. Puede que afecte su amistad con los Sin Colores además del robo de unos parlantes en un cotejo de los tempranos 2000 que me llevó al partido siguiente contra ellos en el Beranger a sentenciar a minutos del final: “Con un empate y los parlantes me voy conforme”. Pero esta vez, al menos, me quedaba el mar.